Las Pantimedias
Cuando tenía yo unos diez u once años mi tia Chona me
invitó a trabajar con ella en las vacaciones largas de la
escuela para ganarme unos pesos y tenerme ocupado.
Mi tía tenia un salón de belleza, cabe recordar que en
aquellos tiempos los hombres íbamos a las peluquerías
y las damas a los salones de belleza, y si yo pude
entrometerme en tan sagrado como femenino recinto, fue
debido a que era el sobrino de la dueña y desempeñaba
funciones tan trascendentales como barrer el cabello del
suelo, lavar peines y cepillos y hacer mandados.
El caso es que con mi tía trabaja una tal Lolis, y no me
pregunten si era joven o vieja, rubia o morena, gorda o flaca,
bonita o fea porque no podría decírselos: Lolis fue para mi
(y lo es aun ahora, en mi recuerdo) solo un par de piernas,
enfundadas en pantimedias color tabaco, con faldas a
medio muslo y calzadas con zapatos de tacón aguja.
Esperaba con ansia que Lolis cortara a alguna clienta
porque me daba la oportunidad, con el pretexto de barrer
el pelo del suelo, de mirar y admirar sus piernas. Me grabé
cada milímetro de sus tobillos y sus pantorrillas, de sus
corvas y de la parte de los muslos que dejaban sus faldas
al aire.
Olvidaba mencionar que Lolis tenia también unas nalgas
majestuosas, que remataban dignamente su exquisita
piernamenta.
Lolis llegaba a trabajar con mocasines y en un cuartito
que había detrás del salón se ponía sus zapatitos de tacón,
que dejaba en una caja puesto que solo los usaba para trabajar.
Cierta ocasión mi tío (el esposo de Chona), vino al salón un
domingo para hacer algún arreglo de electricidad y puso la caja
de los zapatos de Lolis en lo alto de un armario.
El lunes, yo estaba en el cuartito lavando los cepillos cuando
Lolis llegó con un vestido de falda cortita y manga larga, le
expliqué donde estaba la caja y para alcanzarla ella tuvo que
estirarse de manera que el vestidito se le subió para dejarme
una vista tal de sus muslos y los cachetes de sus nalgas, que
marcó para siempre mi pasión por las pantmedias. (Por algún
extraño misterio, a partir de aquel día la famosa caja de zapatos
aparecía frecuentemente en lugares altos).
En otra ocasión, Lolis llegó con una cruda fenomenal. Como le
tenía mucho respeto a mi tía trató de disimular todo lo que pudo,
pero a mediodía, y aprovechando que mi tía se ausentó para
hacer algunos pagos, se puso de acuerdo con la otra empleada
del salón y fue a encerrarse al cuartito a “dormir la mona”.
En ese justo momento me acordé que mi tía me encargó lavar
y hervir los cepillos y fui a meterme también al cuartito y con el
pretexto de que no se metiera el ruido del radio y molestara a
Lolis, cerré la puerta.
En el cuartito teníamos un sofá que mi tía había jubilado de
la salita de espera, Lolis estaba acostada de lado, volteada
hacia el respaldo de manera que su espalda y sus nalgas
quedaban hacia fuera del sillón.
Recordar esto me hace temblar otra vez con la emoción y
temor con que poco a poco fui subiendo su falda para descubrir
totalmente sus muslos y nalgas.
En aquella ocasión traía una falda de paño de corte circular,
que no me dio ningún problema para arremangarla. Usaba
un fondo con el que batallé un poco más, pero al cabo de unos
minutos de arduo y minucioso trabajo tuve solo para mi deleite
el espectacular mundo de sus pantimedias que cubrían una
pantaleta blanca.
Temblando, empecé a acariciar su pierna, desde lo alto del muslo
hasta la espinilla, Lolis se agitó y empezó a roncar, lo que me dio
valor para sobar sus nalgas y deslizar ambas manos a todo lo
largo de su pierna.
Lolis se limitaba a roncar y jamás se dio cuenta de la delicada
exploración que hice de toda la geografía de sus piernas y nalgas,
ni de la inmensa fantasía sexual de la era protagonista.
Al cabo, conservé la suficiente presencia de ánimo para
reacomodar la ropa de Lolis, antes de salir del cuartito, con los
cepillos tan sucios como antes pero marcado para siempre por
una irrefrenable pasión por las pantimedias.